Los debates sobre el aborto y el derecho a la vida se vuelven a centrar en definir lo que consideramos “vida” y lo que consideramos un conglomerado de células, pero al margen de creencias religiosas, los intereses políticos tiñen de crueldad lo que muchas mujeres consideran un derecho inherente a su persona.
A estas alturas debería estar claro que la ley en vigor ha obviado ya un debate más que superado sobre el momento en que se origina la vida humana, sin embargo, la propuesta para reformar la actual ley del aborto ha hecho resurgir estos argumentos junto con algunos planteamientos novedosos como el hecho de que una menor, a partir de 16 años, pueda abortar sin el consentimiento de sus padres, lo que ha provocado que los más conservadores pongan el grito en el cielo y en pancartas con los mismos caducos argumentos del siglo pasado.
Partiendo de que, gracias a la regulación de la autonomía del paciente, cualquiera con más de 16 años puede someterse a una cirugía menor como una operación de estética sin necesidad de una autorización paterna, lo que deberíamos plantearnos es la edad a la que podemos considerar “adultos” a los adolescentes. Si una mujer de 16 años es lo suficientemente madura como para tener relaciones sexuales consentidas y quedarse embarazada, debería tener el mismo derecho que cualquier otra persona a decidir si quiere involucrarse en algo tan trascendental como lo es el traer un hijo al mundo.
De cualquier modo, el auténtico debate que plantean las reformas presentadas por el gobierno no debería ser anulado por unos argumentos pasados de rosca que olvidan que antes sólo el que tenía dinero podía ejercer ese derecho, aunque acudiendo al extranjero.
viernes, 27 de marzo de 2009
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